Joan Valero

Todo el románico de Segovia

JOSÉ LUIS HERNANDO GARRIDO. Todo el románico de Segovia, Fundación Santa María la Real Centro de Estudios del Románico, 2015, 446 p.
ISBN: 978-8415072843

Esta guía sobre el románico segoviano es un producto plagiario, más que nada por ser una parca síntesis elaborada a partir de los textos redactados para los tres volúmenes correspondientes a la actual provincia de Segovia de la Enciclopedia de Románico en Castilla y León publicada por la Fundación Santa María la Real de Aguilar de Campoo en 2007. En realidad la amplia nómina de auctores y auctoritas es muy amplia: José Antonio Ruiz Hernando, José Manuel Rodríguez Montañés, Ignacio Hernández García de la Barrera, Raimundo Moreno Blanco, Carlos Álvarez, Jaime Nuño González o Pedro Luis Huerta Huerta entre otros solventes investigadores que se batieron el cobre redactando afanosos textos de reconocida solvencia.

Se trata de divulgar un patrimonio amplio y variopinto, rico y excepcional, y hacerlo de una manera atractiva y sugerente, algo que nos puso en el brete de ceñirnos a lo más trascendental sin caer en el puro inventario o intentar ir más allá de lo asumido por mandato, semejante tarea editorial ha sido acometida por la Fundación Santa María la Real del Patrimonio Histórico Artístico y el patrocinio de Cajamar-Cajarural, entidad que ha auspiciado publicaciones similares en la actuales provincias de Burgos, Soria, León, Zamora o Valladolid o la monografía de José Arturo Salgado Pantoja sobre Pórticos románicos en las tierras de Castilla.

La historiografía tradicional alude al terrazgo segoviano como una extensa tierra de nadie que sucedió a la desintegración del estado visigodo. A Fernán González y Asur Fernández correspondieron las primeras incursiones más allá del Duero, aunque un par de supuestas donaciones -los prioratos de Santa María de Cárdaba y de Casuar- realizadas por el de Castilla en favor del cenobio de San Pedro de Arlanza hacia la década de 930 no son del todo fiables.

La repoblación del territorio segoviano se articuló en torno a los núcleos de Sepúlveda, Cuéllar y Segovia, auspiciada por Alfonso VI y su yerno Raimundo de Borgoña en la capital, los condes Pedro Ansúrez en Cuéllar y Martín Alfonso en Íscar o el merino Pedro Juan en Sepúlveda. En Segovia destacó el realengo hasta época bajomedieval, sin que la presión ejercida por los señoríos laicos o eclesiásticos, los grandes monasterios o las órdenes militares fuera trascendental. A lo largo del siglo XII los concejos relevaron a la monarquía en la repoblación de los alfoces y en 1247 la diócesis contaba con 524 parroquias.

Sepúlveda inauguró una de las primeras comunidades de villa y tierra (un conceio de villa e aldeas según la terminología de la época), que aglutinó un extenso territorio en el tercio oriental de la actual provincia, incluyendo Pedraza, Maderuelo, Fresno de Cantespino y parte de Ayllón. Entre los siglos XI y XIII las comunidades de villa y tierra resultaron formas específicas para reclutar milicias guerreras y reconquistar territorios meridionales. Constituyeron además una peculiar forma de apropiación del espacio yermo y de creación de riqueza urbana y rural en una sociedad de frontera cuyas expectativas concejiles fueron desbancadas por el triunfo final de las elites villanas.

Las villas y ciudades extremaduranas debieron ser poco más que núcleos fortificados con llamativos vacíos en su interior (Al-Idrisi aludía a Segovia como una agrupación de aldeas “próximas unas a otras hasta tocarse sus edificios, y sus vecinos numerosos y bien organizados, viven todos en la caballería del Señor de Toledo, poseen grandes pastos y yeguadas y se distinguen en la guerra como valientes, emprendedores y sufridos”). Los escasos habitantes y los recién llegados debieron agruparse por parroquias, aunque las collaciones urbanas adquirieron un perfil de solidaridades que perduraron en el tiempo. De la actividad vecinal de las collaciones informa el fuero sepulvedano al establecer que el juez saliera -seguramente por rotación- de entre ellas.

Don Bernardo de Sedirac, eclesiástico cluniacense colaborador de Alfonso VI que llegó a ser arzobispo de Toledo, se encargó de la reestructuración de la diócesis segoviana entre 1086 y 1107 (en 1100 consagraba el templo de San Frutos), posteriormente dirigió los asuntos del obispado hasta 1120, cuando Pedro de Agen se alzó con la mitra. Los límites de la recién restaurada diócesis lindaban con los de Palencia, Osma, Sigüenza, Toledo y Ávila, manteniendo especiales trifulcas con Palencia por la posesión de los arciprestazgos de Peñafiel y Portillo, litigio iniciado hacia 1123 y que no se solventó hasta 1190, cuando ambas circunscripciones quedaron para la diócesis palentina.

Los edificios románicos son legión en las tierras pertenecientes a la actual provincia de Segovia. Fábricas de todas las envergaduras que salpican sus comarcas naturales: desde Tierra de Pinares al piedemonte del Sistema Central y desde las llanuras de Arévalo y la Sierra de Malagón hasta la de Ayllón. Los repobladores medievales fueron ocupando un terruño agreste y boscoso, roturando yermos y rapando calveros hasta desbrozar unidades sumisas a la actividad agraria. Poco antes habían mondado las riberas de los cursos de los ríos Riaza, Duratón, Cega y Eresma, en cuyas márgenes se asentaron algunas de las poblaciones más enjundiosas: Riaza, Ayllón, Maderuelo, Duratón, Sepúlveda, Fuentidueña, Coca, Cuéllar y Segovia. Amalgama de sierras y llanuras donde arraigaron intrincados montes, capaces de aportar maderables largueros aptos para la construcción.

Areniscas y calizas aportaron alma a los muros del románico de mayor relumbrón, mientras que arenales y parameras suministraron argamasas y arcillas capaces de dar forma al románico de ladrillo. Todo sale del entorno inmediato, incluyendo parajes de ensoñación lamidos por las aguas del Duratón, que fueron tallando quebradas en lo más profundo del tuétano kárstico, a la vera de auténticas primicias constructivas concentradas en el foco sepulvedano. Las placas de pizarra emergen entre Bernardos y Carbonero, hacia la parte de Domingo García o más allá de Becerril, prestando su impagable papel aislante y pluvial hasta tiempos recientes. El granito sirvió de cimiento en los zócalos y basamentos de San Lorenzo y San Nicolás de Segovia, haciendo de castillete en el atrio de San Esteban, y excepcionalmente a toda la fábrica en Nuestra Señora de la Losa de El Espinar. Pero si algo engalana las construcciones de la provincia son las corazas calizas, en mampostería -encofrada a veces y casi siempre enfoscada y esgrafiada- o la maestra sillería, que el tiempo tornó en tan dorada pátina que dan ganas de plantarla un beso. Tampoco son mancas las iglesias de ladrillo de los siglos XII y XIII, que se alzaron al mismo tiempo que las fábricas de piedra.

Pisamos extintos caminos que se extendían entre el Duero y el Tajo, espinazo serrano de por medio, que fue salvado por los repobladores más ambiciosos, capaces de ocupar dehesas y pastizales en los actuales pagos madrileños toda vez que superaron los pasos de Somosierra, Malagosto y El Reventón. No descubrimos nada nuevo si emparejamos las novedades del románico con los itinerarios surcados por los repobladores camino de las comarcas meridionales, vigilados de cerca por los cancerberos de la mitra toledana y los cachicanes de las órdenes militares. Aunque poco a poco, entre fines del siglo XII e inicios del XIII, consiguieron plantar el sexmo de Valdemoro e instalar sus hatos hacia el valle del Lozoya y los secarrales de Arganda, Loeches, Orusco y Tielmes, donde apenas existen testimonios románicos, preguntándose Antonio Ruiz Hernando ¿cómo justificar esta ausencia sólo en una parte de la provincia histórica segoviana? En efecto, las avanzadillas de aquella vieja provincia llegaban hasta las mismas márgenes del Manzanares.

Atrios o galerías porticadas se hallan en infinidad de puntos de la geografía segoviana, aunque su aplicación más antigua parece arrancar de El Salvador de Sepúlveda. Desde hace tiempo suponemos variadas funcionalidades que van desde la cementerial a la lúdica y desde la jurídica a la cívica-concejil, cuando el vecindario era reunido a campana picada según la costumbre. Generalmente dispuestos hacia mediodía, en algunos casos los atrios se extienden hacia el costado septentrional (en San Millán) y hasta amplían su hechura hacia occidente (en San Martín). Los campanarios son otro de los ponches exquisitos del románico en Segovia. Los hay que ejercieron como torres de vigilancia, otros fueron encopetándose y se construyeron aislados (El Salvador de Sepúlveda) sobre el tramo recto de la cabecera, el crucero o el lado norte.

El románico de tierras segovianas tiene algunas afinidades, algunos rasgos desvanecidos y no pocas discrepancias, pero exhala un aire fraternal que a todos encandila, algunos focos van a destacar por su especial relevancia y prodigalidad.

En la capital, acorazado anclado a la roca cuyo mejor calado emboca el acueducto y cuyos altos castilletes cimentan Alcázar, catedral y parroquias, atracó el románico más dispar. Vasar de encuentro de múltiples talleres y rebotica de experiencias edilicias que se anticipó en mucho al laboratorio químico de los artilleros ilustrados.

Decía Antonio Ruiz Hernando que en Segovia emparentó el románico del Duratón con el de los llanos, y juntando achiperres crearon soluciones la mar de ajustadas que se modularon entre una y tres naves. Camino de Zamarramala se levantó la Vera Cruz, fábrica promovida por la orden del Santo Sepulcro y consagrada en 1208, malamente explotada por muchos esotéricos febriles que en tiempos recientes se han ido especializando, y allí experimentan sus suertes ante la estupefacción de los curiosos gurriatos. Quedarían por estudiar muchos alfarjes y otras tantas armaduras de par e hilera, de rollizo o de simples vigas sin apenas ornato, sabias carpinterías que se han quedado en blanco, como en blanco se quedaron muchos capiteles policromados cuando fueron expuestos a la intemperie (en San Martín de Segovia sin ir más lejos), los relieves del tímpano capitalino de San Justo y miles de impostas encarnadas. El apóstol Santiago y sus acompañantes peregrinos, retratados hacia 1211 y más tarde chamuscados en el interior del hemiciclo absidal de Santiago de Turégano, se ganaron la compostelana gracias a una restauración de primera fila acometida entre 2009 y 2010. Tampoco habría que olvidar otros supervivientes pictóricos murales en los ábsides de la ermita de Santa Cruz de Maderuelo y de San Justo de Segovia, además de algunos desconchados zócalos presentes en varias residencias nobles segovianas.

Gran parte del patrimonio románico segoviano fue muy troceado a fines del gótico, el barroco trajo renovación de cabeceras y esplendor de yeserías. Peores lances provocaron las desamortizaciones decimonónicas y las nuevas ínfulas urbanas, cuando los alineamientos, el ensanche de plazuelas y la llegada de los primeros tranvías motivaron la eliminación de molestos camposantos (San Millán y San Lorenzo) y la demolición de templos (San Gil, Santa Columba, Santo Domingo de Silos, Santo Domingo de las Damas, Santiago, San Pablo, San Facundo, San Antolín y San Mamés o Santa Lucía).

El marqués de Lozoya consideraba que parte de la ciudad románica de Segovia seguía yaciendo bajo nuestros pies, pocos pares hay en España -exceptuando Soria, Ávila o Zamora- capaces de suministrar testimonios civiles tan reveladores como la Torre de Hércules, la casa de los Cáceres, los Rueda, los condes de Chinchón, los Lama, el palacio de Quintanar o la portada del convento de las Juaninas.

Con un poco de imaginación se nos hace la boca agua visitar la Segovia de hace casi mil años. Intuimos repiqueteo de mazas y juramentos de maestros, trajinar de jumentos y chirrido de poleas, restallar de sogas y mugido de bueyes. Tal cual debían ser los sonidos constructivos en Sepúlveda, Cuéllar, Fuentidueña, Maderuelo, San Miguel de Bernuy o Torrecaballeros.

Seríamos demasiado localistas si consideráramos un románico exclusivamente segoviano (y eso que María Zambrano nos dejó noqueados cuando dijo aquello de que Segovia “tenía el cielo en su sitio”, con permiso de don Claudio Rodríguez que nos espetó que “la claridad viene del cielo” y de don Antonio Machado, que en el bolsillo de su viejo gabán guardó un poema bestial que rezaba “esos cielos azules, este sol de la infancia”, más la enigmática coda: “Y te daré mi canción: Se canta lo que se pierde, con un papagayo verde que la diga en tu balcón”).

Cuando plagiaba un texto para el románico segoviano me quedé con ganas de plantar un poema de don Jaime Gil de Biedma (“Ribera de los alisos”) de 1966:

“Los pinos son más viejos.
Sendero abajo,
sucias de arena y rozaduras
igual que mis rodillas cuando niño,
asoman las raíces.
Y allá en el fondo el río entre los álamos
completa como siempre este paisaje
que yo quiero en el mundo,
mientras que me devuelve su recuerdo
entre los más primeros de mi vida.”

Nuestros antepasados forjaran un patrimonio muy singular, abonado de particularismos y singularidades. Puestos a franquear la Sierra, dejaron en su solar de origen un plantel de palacios y envidiables templos sin parangón. Desatrancaron los caños del Acueducto, reutilizaron estructuras de la Antigüedad y se metieron en obras cuando necesitaron recrecer bambalinas nuevas. Los hijos de estas tierras siguen velando experiencias ante la mirada de admiración que la contemplación de su paisaje monumental dibuja en el rostro del visitante. Y que así siga siendo, mejor fenecer a punta de romántica daga que por sobredosis de hormigón. Como Diego llamado don Pablos, el románico segoviano sufrió los estragos del hambre y las novatadas, pero tuvo siempre fama de travieso e ingenioso, aunque su madre terminó entre rejas -canosa, rota y descendiente de la santificada gloria debió ser cristiana vieja- y su padre -de muy buena cepa- fue ejecutado y descuartizado tras haber ejercido como tundidor de mejillas y sastre de barbas.

Texto: José Luis Hernando Garrido

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